SORTEO DIARIO










 










Cuando asociamos barreras con discapacidad, nuestro pensamiento, se nos manifiesta con imágenes de escaleras, rampas, estrecheces en los acerados y mobiliarios urbanos poco adecuados o mal situados.
Efectivamente, son las clásicas barreras arquitectónicas, sobre las que han corrido ríos de tinta, se ha legislado una y otra vez, y se han incumplido estas normas, otras muchas veces.
Con frecuencia, oímos hablar en los medios de comunicación, de edificios sin ascensores donde algún discapacitado reside, y lleva no secuánto tiempo sin bajar a la calle, o determinado niño o anciano sin disfrutar del aire libre.
Efectivamente son las llamadas barreras arquitectónicas, de las que en nuestras calles con solo pasear, vemos innumerables de ellas a diario, desde bolardos, macetas, señales de tráfico o luminarias, toldos que no respetan la normativa, o incluso objetos ornamentales, situados en lugares poco afortunados.
Todo esto en función de los gobernantes de turno o de las modas pasajeras, donde unas veces encontramos semáforos adaptados a ciegos, y otras ni tan siquiera al ciudadano sin discapacidad.
Dicho lo anterior, yo desearía centrarme en las otras barreras, en las barreras mentales, emocionales y sentimentales, que a diario la persona con discapacidad, tiene que sufrir en su día a día cotidiano.
Estas barreras, comienzan muchas veces en la propia familia, puesto que exigimos del discapacitado una respuesta convencional referente a cualquier actuación, sin pararnos a pensar que no solo está afectado de una discapacidad, física o sensorial, sino que además esta situación, le condiciona emocionalmente, sensibilizándolo frente al medio circundante. 
En otras ocasiones, son los casos de sobreprotección, y que le impiden desarrollarse dentro de la normalidad social que su discapacidad le permita.
Es tal el grado de crueldad social en el establecimiento de estas barreras invisibles, que las visibles mas fáciles de sortear, pasan a un segundo plano.
Si todos nos vemos obligados a diario a movernos en un entramado burocrático y administrativo, que nos ahoga y nos aprisiona, quedando el ser humano relegado a ser un trota-caminos de ventanilla en ventanilla, donde escasa atención se nos presta, y que en la mayoría de los casos, son con fines recaudatorios, máxime cuando se trata de temas relativos a calificaciones de discapacidades o reconocimientos de pensiones o subsidios.
Como se diría de antaño, con la Iglesia hemos topado, solo que en este caso, es con un órgano, menos divino y más humano, es con la seguridad social. Fíjense bien SEGURIDAD SOCIAL, dos palabras que pretenden inculcarnos seguridad, paz y bien a la ciudadanía, y que a la mayoría, nos quita el sueño, o nos producen pesadillas. Que discapacitado no ha sufrido el angosto camino para que le reconozcan su discapacidad, y no digamos una incapacidad laboral, el porcentaje de los que terminan en la vía judicial es impensable. La lucha titánica en defensa de sus derechos es de una crueldad social terrible.
El NO, siempre es la antesala de cualquier gestión, y en muchos casos acompañado de un trato personal que deja mucho que desear y donde el discapacitado, se siente aún más empequeñecido.
Auténticas murallas administrativas, convertidas en barreras, que a las arquitectónicas, las dejan en pañales
Manolo Bocio

 

 



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